El alfajor, ese dulce que hoy sentimos tan nuestro, tiene un recorrido sorprendente. Su origen se remonta a la cultura árabe, donde se preparaban dulces a base de miel, frutos secos y especias llamados al-hasú (“relleno”). Durante la Edad Media, estos manjares llegaron a España a través de la influencia árabe, adaptándose a las costumbres locales y extendiéndose a distintos formatos.
Con la colonización, el alfajor cruzó el Atlántico y desembarcó en América Latina. Fue en Argentina donde encontró su mejor versión: aquí se transformó y se popularizó gracias a la abundancia de dulce de leche y la creatividad de nuestros maestros pasteleros. A lo largo del siglo XIX, comenzaron a producirse alfajores artesanales en distintas regiones, como Córdoba, Santa Fe o Tucumán, cada una con su sello propio.
El verdadero auge llegó en el siglo XX, cuando varias marcas nacionales comenzaron a producir alfajores de manera industrial, llevándolos a kioscos, estaciones de tren y luego a todo el país. Desde entonces, el alfajor dejó de ser solo un postre para convertirse en un símbolo de la identidad argentina.
Hoy, los argentinos consumimos millones de alfajores cada año: en la merienda, en el recreo escolar, con un café en la oficina o como souvenir para quien vive en el exterior. Más que un dulce, el alfajor es parte de nuestra cultura, un pedacito de historia que seguimos compartiendo en cada bocado y siempre están presentes en los momentos más dulces de la vida.

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